jueves, 19 de junio de 2025
Comentario novela Simulación Fatal de Máximo Ortega por Esteban Mayorga, USFQ
Comentario de novela “Simulación Fatal” de Máximo Ortega, segunda edición, por Esteban Mayorga, PhD. Profesor literatura
La primera cosa que apunto: la similitud con Factótum. Tanto con el concepto como con la novela de Bukowski. Aquel lejano Bukowski que de un momento a otro dejó de entusiasmarme pero que al mismo tiempo me dejó marcas. Una de ellas, la más potente, revivida a través de la novela de Máximo y el vértigo por el cual atraviesa Gustavo, el personaje principal y narrador. Este hombre me conmueve porque lo único que quiere, al parecer, es conseguir un trabajo. Sea el que sea. Pero ninguno le sale. Este intento por trabajar sin lograrlo es emotivo, por decir lo menos, porque implica un tesón testarudo, una inversión salvaje, un compromiso ético. Y es tierno, Gustavo, porque se ve obligado a convertirse en un factótum sin quererlo, es decir un todólogo. En el horizonte de este personaje siento algo perverso que no sabría precisar bien.
La segunda. La novela hace algo que me interesa desde siempre en la literatura. Va abriendo tramas posibles. Estas tramas posibles son otras posibles novelas. Abre una historia y dentro de ella se abre otra más. Y otra. Y otra. Hasta que el hilo narrativo está por quebrarse, ya hecho flecos, y el autor escoge una de estas historias y empieza la novela. Con esto quiero decir que el divagar del personaje de trabajo en trabajo opera como un prólogo que permite entender que Gustavo no se va a dar por vencido. La novela en sí, teleológicamente, solo empieza ya bien leídas las primeras cincuenta páginas. El comienzo se va aplazando, aplazando y aplazando hasta que el aplazamiento ya no se puede tolerar. Aparece entonces la idea central de Simulación fatal: la espera y la suspensión como poéticas. Adonde va? Qué hará? Cómo terminará?
La tercera. La historia, entonces, que se cuenta de entre todas las historias posibles está en clave policial. Hay algo denso que está pasando pero no se dice. Hay algo no solo denso sino perverso, siniestro, que ocurre en la historia pero no se deja ver, sino que se esconde, se elide, se aplaza, se suspende. Dicho de otro modo: lo verdaderamente importante no se narra. Y esto vuelve loco al lector, le obliga a pedir más.
La cuarta. La figura del brujo. Chamán. Curandero. Si bien esta figura en la novela se mira desde la charlatanería, es decir desde el humo y la potencia de la elipsis para encubrir el verdadero misterio, me gustaría plantear una idea adicional, que viene de Barthes. Para él, todo autor es un médium, es decir un chamán, que de algún modo cataliza las sensibilidades de una época. Es decir que el autor no es necesariamente un ente iluminado cuyo don deífico es capaz de crear universos, sino que es capaz, mediante una sensibilidad y habilidades particulares, de darle forma seductora a un tiempo y a un espacio. Me parece que Máximo hace esto con total consciencia y pericia.
La quinta y última. El sur de Quito. Reconozco que para mí el Sur de Quito tiene un encanto por su cualidad salvaje, comercial, potentísima como significante vaciado al cual el escritor, en este caso, le va llenando de significado. Esto es importante porque me obliga, como lector, a querer transitar un espacio que cuando yo lo visite, seguro, segurísimo, se va a resistir a mi encuentro.
Estas cinco cosas que he apuntado no le hacen justicia al libro pero ya voy cerrando en honor al tiempo; el potente tiempo ahora, un ratito, a la tarde ventosa, merendada que tengo, que tengo un libro extraordinario entre manos y que no sé como cerrar, tal vez con esta fuerza lenta y grave, irracionalmente breve para decirle felicidades al autor.
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